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Hace 30 años el padre echó a su familia de casa

Según la psicología evolutiva la infancia se caracteriza por la dependencia de los hijos. La adolescencia (13 a 19 años) y la primera juventud (20 a 25 años) están marcadas por la antidependencia, los hijos desarrollan su identidad y se preparan para salir de casa. Alrededor de los 26 años se entra en la adultez, es el momento de tener un proyecto profesional y crear la propia familia.

Actualmente, las etapas de la vida son mucho más flexibles: la infancia se abrevia y la adolescencia, con la inmadurez que conlleva, se alarga más de la cuenta. Algunos jóvenes no quieren pasar a la siguiente etapa, la independencia de los padres.

No hablamos de los hijos que han de volver a casa por motivos familiar y económicos, sino de los adolescentes eternos, hijos que no desean marcharse de casa porque obtienen todo lo que necesitan sin esfuerzo alguno. Son chicos de 25 a 30 años, estudiantes que no concluyen la carrera, sus padres suelen ser su fuente económica, si trabajan gastan sin aportar en la economía familiar, no tienen proyectos de futuro ni cultura del esfuerzo, invaden la casa de los padres con sus parejas y van a su aire sin horarios ni normas. Esto genera una gran conflictividad familiar. En Estados Unidos les denominan generación Odisea porque buscan pero nunca llegan a puerto. ¿Qué les pasa?

Es difícil abandonar una casa con tantos privilegios, amor incluido. Suelen ser chicos inseguros que no confían en sí mismos, inmaduros que no quieren asumir responsabilidades o arrogantes que no encuentran nada a la altura de su valía. Pero tiene un precio. Quedarse en la casa paterna es renunciar a la madurez, la autonomía y la independencia. Demasiado condicionados por la sociedad de consumo no pueden renunciar al nivel de vida adquirido. Se encuentran insatisfechos en las relaciones sentimentales aunque tengan sexo en casa. Deprimidos e irritables pueden tener conductas que dañan su salud como adicciones, relaciones sexuales no protegidas y accidentes de tráfico

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